jueves, 9 de mayo de 2013

Discutiendo sobre sistemas políticos


Ayer tuve un cruce en Twitter entre varios socialistas/comunistas a propósito de la figura de Stalin y sus crímenes (que no eran tales para estos amigos de la extrema izquierda) y de allí derivamos hacia el sistema capitalista versus socialista.

Sobre los crímenes de Stalin poca gente defiende ya hoy la figura del georgiano, que ha pasado a la historia como uno de los mayores psicópatas que ha dado la humanidad (ahí comparte estrado con Hitler, Pol Pot, Robespierre, etc.), pero sí es cierto que la cuestión sobre el sistema político/económico está de máxima actualidad. Se ha creado el mantra de que la actual crisis que padecemos sería fruto maduro (como diría Marx) del propio capitalismo que se ha quedado sin control tras la caída del socialismo real. El problema es que muchos identifican el sistema político social que 'padecemos' con una especie de capitalismo salvaje, cuando se asemeja más a un socialismo de 'perfil bajo'que al liberalismo de Hayek, por poner un ejemplo. de hecho el sistema de pensiones público, la sanidad pública, la educación pública, etc. derivan del sistema socialista. No lo prejuzguemos, pero tras la II Guerra Mundial se extendió un sistema socialdemócrata en el cual el Estado asumía cierto control sobre las decisiones de los ciudadanos en previsión de crisis que pudieran alterar la paz social. De este modo surgen los sistemas públicos de salud (o más bien se extienden a toda la población vía impuestos), pensiones, etc. Digamos que ese es su origen, que no es precisamente liberal. No vivimos, por tanto, en un sistema puramente capitalista o liberal (libertario en el modo anglosajón), sino más bien en un socialismo con libertades de modo que se cree un equilibrio para garantizar protección social con libertad personal. Esto no es juzgar nada, es simplemente una descripción.

La discusión referida a modo capitalista-liberal versus socialismo es para mí un clásico (ya en la facultad la teníamos en alguna asignatura como ejercicio de pura dialéctica), y me resulta de lo más entrenida. La idea de que el liberalismo sería una especie de selva donde las 'bestias feroces' del capitalismo se comerían a los 'lindos corderitos' trabajadores, es un tanto maniquea. Del mismo modo que pensar que ese problema se soluciona si un partido hegemónico (socialista, claro) domina la economía, la política, la cultura, etc. y de este modo se convierte en el 'libertador' de la clase oprimida. Esto último, aceptando lo primero, sería cambiar una opresión (la de los capitalistas sin escrúpulos) por otra (la de los mandos del partido). Rusia fue un ejemplo de ello: cambiaron a los zares por el PCUS... poco más.

Me achacaban que el capitalismo genera opresión por intentar lograr una optimización de costes pasando por encima de los derechos de los trabajadores (el ejemplo era pagar 5$ al mes a un trabajador) y de las personas. Creo que 140 caracteres no daban para explicarlo bien. Yo parto de una concepción ética de la vida, de la propiedad, de la persona, que se compadece muy poco con la justificación de ciertos comportamientos. No creo que los problemas sociales se arreglen con una dictadura del proletariado o de una persona (y ahí me caben los partidos comunistas varios, los dictadores al modo de Franco o Pinochet, para que no haya dudas), pero tampoco el que se pueda dejar que los abusos sean la norma sin que exista ley. No, no creo en la ley del Oeste. Debe existir una ley que se base en unos principios éticos y morales y que de este modo a aquellos que no quieren respetar la dignidad humana de sus semejantes, sea la propia comunidad quien le conmine a ello. Nadie defiende hoy un liberalismo salvaje, donde cada uno se salve a sí mismo. Es necesario que haya reglas del juego que todos respeten. Un empresario que estafa a la Seguridad Social, o que no paga los salarios que se compadecen con la dignidad de la persona o que no respeta los descansos o la salud de sus trabajadores; ese tal no un capitalista, es un sinvergüenza (por no usar palabras mayores). No tiene nada que ver el capitalismo con los sinvergüenzas, esos se adaptan a cualquier sistema, lo suyo es otra cosa. También hay socialistas que actúan con decencia y buscando el bien de los demás...

Otra cosa es que el sistema que más se acompasa con la naturaleza del hombre es aquel que respeta la libertad del hombre, la propiedad, etc. y ahí el socialismo tiene poco que ganar.

martes, 23 de abril de 2013

Aborto: cómo concienciar a la prensa

La verdad es que el hecho de que cada día se asesinen en el mundo a miles de niños en el vientre de su madre encuentra muy poco eco en los medios (salvo que algún Obispo diga que hay conjura para ello, entonces ya podemos atizar a alguien). Pero esta viñeta nos muestra cómo lograrlo... nada de amarillismo, claro.

Fuente: Fundación Burke.

martes, 26 de marzo de 2013

La PAH y Colau: eso es fascismo o comunismo.


Lo que está sucediendo con el grupo denominado Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) es grave. Si en algo se basa una democracia representativa (vamos, como la nuestra) es en la libertad que tiene (o debe tener) el diputado para votar lo que cree conveniente en cada caso. El diputado no está sujeto a mandato alguno. Cierto que en España, ese principio ha sido secuestrado por las cúpulas de los partidos políticos, pero si lo criticamos es esos casos, parece evidente que debemos hacerlo si un grupo de ciudadanos pretende coaccionar a los diputados para que voten en un sentido u otro. Y conste que muchas veces he defendido la acción de los lobbies al modelo americano: personas que se reúnen con los parlamentarios para explicarles sus cuestiones y demandas y que los diputados pueden recibir la información de cada una de las partes a las que va a afectarles un proyecto legislativo concreto. Pero esa labor de lobby no pasa de solicitar reuniones con el diputado, enviarles cartas y testimonios de personas, etc. Nunca llega (es un delito) ni al acoso ni a la amenaza como ha hecho en los últimos días la PAH y su líder Ada Colau. El lobby es otra cosa.

Porque aunque en alguna de las cosas que pide la PAH pueda tener razón, eso no les legitimaría para agredir a diputados y senadores si no apoyan sus tesis. Muchos argumentan que sólo agreden a diputados del PP, pero es que daría igual que fueran todos o que sólo fueran del PSOE. Otros se centran en que son grupos e ultraizquierda. Es igual, si fueran de extrema derecha sería lo mismo. Es inadmisible que esta señora como imagen del grupo haya amenazado a los diputados con frases como: "Vamos a ser siempre pacíficos pero cuando hemos agotado todas las vías y durante más de cuatro años el Estado no responde y no escucha las demandas ciudadanas y sigue permitiendo el pisoteo de esos derechos más básicos y provocando el sufrimiento de miles de personas, qué tenemos que hacer". En ese 'qué tenemos que hacer' parece que va el agredir, insultar y acosar a los diputados, imagino.

Pero hay algo que tenemos que tener claro: ese tipo de acosos son propios de las ideologías totalitarias que ya hemos conocido como el comunismo y el fascismo. Mandar a grupos que señalen (como a los judíos en la Alemania nazi o en la Cuba castrista) las casas de los diputados que no piensan como ellos, que después se planten en su domicilio para insultarles a ellos y a sus familias, eso es 'la banda de la porra', 'la patota' o los grupos de denunciantes cubanos... Aunque a Ada Colau no le guste, eso es fascismo o comunismo (si con este último término se siente más a gusto). Ideologías que han provocado cientos de millones de muertos (muchos más el comunismo por haber durado más, por desgracia), y de las que deberíamos haber aprendido a expulsar de nuestra vida. Pero parece que no , que no hemos aprendido, seguimos cometiendo los mismos errores, las mismas tonterías que terminaron en dictadura y en muerte. Desde la Revolución Francesa, la técnica ha sido la misma, el acoso por parte de los radicales a los que no piensan como ellos... y siempre ha terminado en dictaduras del terror: Robespierre, Hitler, Lenin, Castro... Por eso es importante estudiar historia, porque quien no la conoce está condenado a repetirla (Marco Tulio Cicerón).

jueves, 14 de febrero de 2013

Rectificación/aclaración de Yago de la Cierva a su desafortunado artículo

Dicen que rectificar es de sabios... y parece que Yago de la Cierva ha querido entrar en ese grupo. Cierto que no rectifica algunas cosas, hecha la culpa en parte al diario... pero bueno, no podemos pedir una anulación completa. Queda aclarar lo de Pelagio y lo del 'profesor encerrado en su mundo', que creo que era gratuito. Sí explica lo del divorciado que era, cuanto menos, hiriente. Copio su respuesta, para que sea de justicia cuando le he criticado con dureza. Ahí queda eso.

Quien tiene boca se equivoca. Ayer El Mundo publicó un artículo mío sobre la renuncia del Papa, que ha disgustado a algunos amigos, señal de que no supe explicarme con la finura necesaria para que personas que me conocen entendieran el mensaje. Sirvan estas líneas de cribado del artículo, para quitar la paja y dejar el grano.

Adelanto que, en mi opinión, el título distorsiona completamente el sentido del artículo. Como casi todo el mundo sabe, los títulos no los pone el autor, sino que dependen muchas veces del espacio disponible, de los artículos de alrededor, del tono que quiera dar el periódico a toda la noticia, y hasta de las preferencias del redactor de cierre. En mi caso, el título natural, Ruptura de la tradición, fue “robado” para la portada del diario, y a mi artículo se le llamó “Traición a la tradición”. Pienso que el uso del término “traición”, que no aparece ni una sola vez en mi artículo, tiene tal carga semántica que predispone a interpretar lo que he escrito en una clave que no es la mía.

¿Y qué he querido realmente decir? En modo alguno he querido criticar la decisión del Papa, sino intentar explicar los motivos por los que pienso que ha tomado esa decisión. El punto de partida, mantenido a lo largo de todo el artículo, era que Benedicto XVI ha renunciado con plena conciencia y con total seguridad de que eso es lo que le pedía Dios. Son sus palabras, repetidas en todas partes, y que no repetí porque aparecen en el cuerpo de la información publicada por ese medio. El artículo no lo pone en duda para nada.

Tras desechar algunas razones aducidas sobre la causa de la dimisión (una enfermedad sobrevenida, una huida ante la dureza de los abusos o por el escándalo de los Vatileaks, o la falta de fuerzas físicas), me centro en explicar cómo lo he entendido yo. En modo alguno he pretendido calificar su decisión ni entrar en la conciencia de nadie, y menos aún en la del Papa, por el que nutro una especial veneración. Ni una sola frase del artículo le juzga, sino que describo –quizá con acierto, quizá equivocadamente– el dilema de Benedicto XVI como el de quien se siente aplastado entre dos planchas de acero: ve con claridad que la guía de la Iglesia necesita una persona vigorosa, y entiende que una renuncia supone una ruptura con la tradición. Ha debido de ser tremendo para él, por la radicalidad de las consecuencias y por el tiempo en que lo ha meditado: casi un año de reflexión. 

Romper las tradiciones no es malo, es… completamente nuevo. Y Benedicto XVI lo ha hecho, con plena conciencia de que lo hacía, y con plena seguridad de la bondad de esa decisión, tomada en la presencia de Dios. Y decirlo no es ninguna ofensa al Papa, sino poner de manifiesto… lo que todos tienen ante los ojos.

Es más: si hace una semana alguien me hubiera hecho la pregunta hipotética de si un Papa podía dimitir, hubiera respondido como respondió la Santa Sede entre octubre de 2002 (fecha en que Juan Pablo II dejó de celebrar la Misa de pie) y su fallecimiento en abril de 2005. Posible jurídicamente, altamente improbable… por la fuerza de la tradición en la Iglesia.

El meollo de la discusión está en entender la diferencia en la Iglesia católica, y para Benedicto XVI en particular, entre Tradición, con mayúscula, y las tradiciones. Benedicto XVI –y lo mencionaba en el artículo– ha sido siempre el mejor guardián en la Iglesia de la Tradición con T mayúscula, que ha defendido a capa y espada siempre que alguien la ha puesto en entredicho: en la liturgia, el dogma, la moral. Pero ante las tradiciones con minúscula en la Iglesia se ha comportado con enorme libertad de espíritu, y no se ha sentido vinculado por ellas. Se saltó a la torera la tradición de que no se podía criticar al clero públicamente y que ante una acusación de abusos, lo tradicional era ocultarlo a la comunidad cristiana y a las autoridades públicas; pasó por encima de la tradición de que los sacerdotes que se habían equivocado podían ser castigados, pero los obispos no; y mandó a paseo la tradición de que un Papa no tiene opiniones personales, sino que habla siempre con la autoridad del Pontífice, y como teólogo escribió lo que le vino en gana y pidió expresamente que estaba abierto a debatir sus tesis.

Como ha titulado el ABC, Joseph Ratzinger es un hombre libre, tan firme en sus convicciones que puede dialogar con quien haga falta, sea filósofo agnóstico como Habermas, teólogo rebelde como Hans Küng, rezar con el gran muftí de Estambul o dialogar sobre los escritos de Lutero con los obispos luteranos.

Quizá haya podido sorprender que describa la situación del Papa como “crisis”. Uso la palabra crisis como el momento de incertidumbre ante una situación grave, trascendental y apremiante, que es el sentido de las siete definiciones del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. Decir que el Papa ha sufrido una crisis espiritual (y no física) pienso que no es ofenderle, sino todo lo contrario: lo incomprensible sería pensar que ha tomado esta decisión en una situación sin ningún tipo de presión. Crisis espiritual no es una pérdida de fe, sino la situación ante un cruce de caminos en que las dos opciones tienen gran trascendencia. Y nadie mejor que él para saberlo.

Dicho todo esto, reconozco que el símil del divorcio es desacertado, y que la revisión final a toda prisa para ajustar el texto al espacio realmente disponible dejó fuera muchas frases que lo hacían más discursivo y suave, con lo que el resultado final parece una razonamiento a uña de caballo. Culpa mía.

Si alguien se ha sentido ofendido por lo que he escrito, es señal de que no he sabido explicarme bien, y le ruego que acepte mis disculpas más sinceras. 

miércoles, 13 de febrero de 2013

En respuesta a Yago de la Cierva


Oír a los enemigos de la Iglesia atacar al Papa y a su decisión de dejar el ministerio petrino el próximo 28 de febrero, no deja de formar parte del paisaje habitual al que uno se acerca ya prevenido. Que el diario El País afirme que el Papa dimite porque los 'ultracatólicos' le han cercado, no deja de provocar una sonrisa, ya que demuestra un interés curioso por una fe y una institución en la que no creen.

Pero otra cosa muy diferente es cuando los ataques al Papa vienen de personas que han ocupado cargos en la Iglesia, cuando viene de personas de las que no se espera este ataque. Lo que se llama 'fuego ¿amigo?'. Y es el caso del artículo que Yago de la Cierva, profesor de Comunicación de la Iglesia de la Santa Cruz de Roma y que fue director ejecutivo de la JMJ de Madrid en 2011. Porque en el artículo que el martes publicaba el diario El Mundo, titulado ya de forma clarificante sobre sus intenciones 'Una traición a la tradición', se dicen cosas como que 'Benedicto XVI se ha ido encerrando en su mundo cada vez más, el mundo de un profesor interesado sobre todo en el desafío intelectual [...] y, progresivamente, la Secretaría de Estado ha ido asumiendo el gobierno de la Iglesia.' Estas afirmaciones son profundamente graves: acusa al Papa de no cumplir con su función de sucesor de Pedro. Y sobre todo son injustas: Benedicto XVI ha guiado (nos ha guiado  a lo largo de estos años con tres encíclicas, ha conovcado un año dedicado a la fe, a la profundización en ella, se ha acercado a los protestantes, a creado el Ordinariato que ha permitido a muchos anglicanos acercarse al calor de la Iglesia Católica, ha permitido la vuelta al rito latino como el ordinario de la Misa... Por lo que acusar al Papa de encerrarse en su mundo es al menos gratuito. Decir, a modo de acusación, que es un 'profesor' es injusto: siempre fue un profesor, y al elegirlo, todos lo sabían. Quizá lo eligieron por ello. Pero sólo es una suposición.

Pero Yago de la Cierva, en un delirio muy particular, continúa afirmando que tenemos que descartar que se trate de una enfermedad física y eso porque, pese a la afirmación del Papa de creer que no tiene el vigor necesario para guiar la barca de Pedro, lo dice él. No puede ser 'sobrevenida, por un motivo bien sencilo: lo habría dicho explícitamente' y además, porque 'ha presenciado la agonía de años y en directo de Juan Pablo II'. Pues puede ser, amigo De la Cierva, porque el carácter de Benedicto XVI le lleva a no ser capaz de exponer en público sus dolencias (acabámos de saber que le cambiaron el marcapasos sin publicidad alguna), a no querer verse expuesto a lo que Juan Pablo II (otro carácter, otra forma de ser) se vio expuesto. ¿Podría ser que Joseph Ratzinger piense, es opinable, de otra manera?

Pero donde Yago de la Cierva patina ya con esmero es en el párrafo donde se atreve a aventurar las verdaderas causas de la renuncia: 'Benedicto XVI ha hablado de falta de vigor de cuerpo y de espíritu. Si hubiera que poner el acento en uno de los dos, elegiría el segundo. El único modo en que se consigue entrever qué puede pasar por la mente y el corazón del Papa es una crisis espiritual'. ¡Olé, y se queda tan ancho! Entramos de lleno en la conciencia del Santo Padre, en saber cuál es el destino que la Providencia le tiene asignado. No sé como el Papa se ha atrevido a tomar esta decisión sin llamar antes ex-director ejecutivo de la JMJ. Ya en serio, la vocación, que es de lo que en el fondo habla Yago de la Cierva, es una llamada que hace Dios a una persona y sólo esa persona sabe en que consiste. Los demás no somos el objeto de esa llamada. Benedicto XVI ha llevado profundamente a la oración cuáles son los designios de Dios para su vida. Y ha visto, en su conciencia y ante Dios, que debe tomar esta decisión. Los demás no la entendemos quizá, pero tampoco muchas veces se entiende que un profesional de éxito lo deje todo para irse al seminario o de misionero, y es esa su llamada. ¿Podemos los demás juzgar la conciencia del Santo Padre? ¿Hemos recibido nosotros alguna revelación sobre su vocación? Pues en ese caso, conviene guardar un respetuoso silencio.

Luego le acusa, como bien ha indicado José Luis Restán, de 'pelagiano' por dar 'más peso a lo que pueda hacer un Papa que a lo que pueda hacer Dios a través de él'. De nuevo la acusación es injusta. Lo que demuestra esta decisión del Papa es que confía más en que Dios guiará a su Iglesia y que Joseph Ratzinger u otro sólo son instrumentos que lo único que hacen es 'estorbar' a los planes de Dios, tal es nuestra debilidad. Por eso, que este Papa u otro sea el que está, es indiferente: Dios guía a su Iglesia.

Sigue insistiendo en que 'la crisis ha de ser profundísima [...] ni siquiera su fe en la providencia le ha convencido para continuar «hasta que Dios quiera».' De nuevo parte de la premisa de una crisis de fe o espiritual del Papa. Demuestra una falta de respeto por el Vicario de Cristo en la Tierra (esto lo puede firmar un editorial de Público, pero no profesor de una Universidad Católica), al no darle ni siquiera el beneficio de la duda: ¿puede al menos Yago de la Cierva aceptar que el Papa ha actuado en conciencia, que cree sinceramente que no puede cumplir esa misión de forma efectiva (porque el mismo Dios le ha mermado esas capacidades y debe aceptarlo) y que lo mejor para la Iglesia, tras haberlo meditado, es dejar paso a otro que lo pueda hacer mejor? ¿No demuestra eso humildad?

Y termina con una comparación de lo más desafortunada: 'deja la tristeza que se aprecia cuando se escucha la noticia de un hombre de 85 años que se divorcia, porque ya no puede aportar nada a su matrimonio.' De nuevo juzgamos su conciencia. Benedicto XVI cree, en conciencia, que es más útil a la Iglesia dejando el ministerio en manos de otro cardenal que tenga 'más vigor' para guiar la barca de Pedro hacia el Cielo y yéndose a rezar a un monasterio y ofreciendo su vida, sin espectáculo, por la Iglesia, Esposa de Cristo.

Pero, en cualquier caso, sean cuales sean las razones que han llevado a Benedicto XVI ha presentar su renuncia, no es de 'buen hijo' el conjeturar, el suponer una 'traición' a su misión. Y no es de justicia para nadie el violentar su conciencia como si uno fuera el intérprete de la Voluntad de Dios.

Dicho todo con el mayor cariño hacia un señor al que no tengo el gusto de conocer, y que seguramente hace mucho bien a la Iglesia desde su misión de profesor y otros cargos, pero que, hoy, ha patinado en su opinión.

lunes, 11 de febrero de 2013

Benedicto XVI renuncia al Papado


Su Santidad el Papa Benedicto XVI ha decidido renunciar al Papado con fecha 28 de febrero de este año 2013. Las razones las ha explicado él mismo: 'no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino'. Que su salud era delicada no era ningún secreto, pero siempre sorprende que alguien renuncie a un puesto en una sociedad como la nuestra, en la que cada cargo o posición se ve como un privilegio y no como un servicio, el Papa vuelve a dar ejemplo de entrega. Él no quería ser Papa, y aceptó la Voluntad de Dios, pero cuando hoy siente que le faltan las fuerzas, y que quizá no pueda ejercer con energía el ministerio al que Dios le llamó, tras llevarlo a su oración personal, decide que no será un obstáculo para la marcha de la Iglesia. Es una decisión que extrañará mucho, y que se debatirá mucho hasta el próximo 28 de febrero (en esta sociedad donde todo va tan deprisa, en cuanto se empiece el cónclave, se acabará la cuestión), pero que sólo responde a una cuestión: Benedicto XVI no se encuentra con fuerzas y no pretende ostentar poder alguno, sino servir a la Iglesia, y ahora lo hará de otra manera: 'quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria'.

Lo que podemos y debemos hacer los que somos hijos de esta Iglesia, es rezar por él, agradeciendo a Dios que nos haya mandado tan insigne enviado (eso es apóstol) y cuya única misión en su vida ha sido servir a los hombres en la Iglesia de Dios. Y rezar desde ya por su sucesor, sea quien sea, porque lo va a necesitar para llevar la barca de Pedro. Eso es lo que hacen los buenos hijos.

viernes, 25 de enero de 2013

¿Se puede terminar con la corrupción?

Parece un mal de imposible solución. Debe estar en la naturaleza humana y como tal tenemos que aceptarlo. Que surjan Urdangarines, Bárcenas y Mulas es consustancial al hombre. Nos tenemos que rendir a la evidencia de que es imposible evitar la corrupción en la vida pública...

Pero, ¿de verdad es imposible minimizar esto? ¿En todos los países la corrupción alcanza los grados de España o Europa en su conjunto? ¿Hay quizá algunas condiciones que hagan más fácil esa corrupción? Uno mira EEUU, por ejemplo, y habiendo corrupción, una efectiva separación de poderes, y una 'cultura ética' muy diferente, la corrupción tiene mucho menos predicamento. Seamos claros, en otros países, pillar a un estudiante copiando no es motivo de que te suspendan el examen, es motivo para que te expulsen de la Universidad y lo lleves como baldón toda la vida. En España, el que no copia es un idiota, y al que copia se le considera un listo. ¿Cómo nos va a extrañar que la gente robe o mienta? Pero es que además en España se da una situación curiosa, aunque no única: no existe separación de poderes: nosotros votamos a unos partidos (no a unos representantes, sino a unas listas cerradas) que conforman el poder legislativo, pero ese poder legislativo (partidos) elige al Ejecutivo y al Judicial, por lo que tenemos una dictadura de partidos. ¿A alguien le extrañará que haya que acudir al partido (como antes al Rey) en busca de ayuda en complicaciones judiciales o necesidades con el gobierno de turno?

Pero es que además, la corrupción es directamente proporcional al poder del Estado en la economía. En España, para abrir cualquier negocio, realizar cualquier operación en muchos sectores, reestructurar tu compañía en época de crisis, es necesario acudir al estado en busca de un permiso. Hay sectores (sanidad, dependencia, transporte, hidrocarburos, farmacias, educación...) donde es preciso el Estado para poder operar. Y en otros donde teóricamente esto no es así, es necesario que un montón de funcionarios tramiten papeles y papeles hasta lograr operar. De este modo, siempre hay que engrasar la maquinaria del Estado para no perder dinero. Si yo pudiera, por ejemplo, abrir un colegio sin más permiso que una declaración jurada de que se cumplen las condiciones (luego serían verificadas por el inspector y en caso de no hacerlo esa declaración iría en mi contra como delito de perjurio) y su financiación fuera directa al número de alumnos (cheque escolar o similar) que posee... ¿qué necesidad tengo yo de acudir a engrasar al conseguidor del partido, ministerio, dirección general, etc.?


Cierto que siempre existirá quien se salte la ley, quien soborne o mienta o robe, pero si somos capaces de execrar de la sociedad civil a aquellos que tienen esos comportamientos, algo se conseguirá. Pero informaciones como la de esta semana que modifican la ley de entidades bancarias para que condenados en sentencia firme puedan seguir dirigiendo un banco, no ayudan precisamente a que los ciudadanos veamos ejemplaridad y la exijamos. Pero esa parte está en nuestra mano.

Resumiendo: si queremos minimizar la corrupción necesitamos una efectiva separación de poderes, un Estado reducido que no centralice toda la actividad económica y una cultura ética que rechace la corrupción y a los corruptos.