jueves, 13 de octubre de 2011

Libertad de horario comercial: ¿un problema?

Sé que hay muchos que creen que el Estado debe regular nuestras vidas, nuestras haciendas y nuestro vivir entero. Se cree que de esta manera se evitan abusos. Pero no es menos cierto que muchas veces nos dejamos jirones de nuestra libertad en manos del Estado benefactor. Y una de ellas es la libertad de comercio. Si uno quiere abrir un comercio, todo serán trabas, problemas, complicaciones, papeles que rellenar, burocaracias que pueden llegar hasta más de dos años de papeleos. Así se te quitan ganas de abrir un negocio. A eso tienes que sumarle que no puedes abrir cuando quieras, porque los horarios no los decide el dueño del negocio, sino la Administración. Supongamos que yo abro un negocio de ultramarinos en una ciudad-dormitorio, ¿qué horario me conviene para ganar más dinero? Pues desde luego, desde la hora en la que empiezan a volver del trabajo y hasta la hora de acostarse, más el tiempo que más pasen allí, los fines de semana y festivos. Es cuando mis potenciales consumidores podrán acudir en mayor medida a mi local, cuando vuelven a casa y encuentran que les faltan esos pequeños caprichos a la hora de la cena, o esos detalles que hacen la mesa del fin de semana mucho más agradable. Quizá podré mantener mayores márgenes, porque todo será mejor que coger el coche y volver a la ciudad a buscar esos productos y además, les presto el servicio ahí mismo, al lado de casa. Con el tiempo me surgirán competidores que harán que demos ambos mejores servicios y a mejor precio, con lo que la actividad económica de ese lugar será mayor. Pero... la Administración local y autonómica y estatal (¿será por administraciones?) no me permite abrir a esas horas, por lo que si quiero abrir allí un negocio debo hacerlo a las horas en las que no hay nadie... ¿conclusión? No abro el negocio, no contrato a nadie y paralizo una nueva actividad económica. Es simple.

Pero la progresía patria no lo ve así. Será el fin del pequeño comercio, dicen. ¿La razón? La empresa familiar no podrá abrir a esas horas, bajara la calidad de vida de esos trabajadores. A ver, veamos: que se pueda abrir todos los festivos o a la hora que se desee, no significa que sea obligatorio abrir a esas horas y los festivos, quiere decir que el que quiera que lo haga y el que no, que no lo haga. Además, si abriendo a esas horas, porque creo que es donde más negocio encontraré, hago crecer mi negocio, contrataré a personas que hoy están en el paro, quizá sin un subsidio, a que ganen su sueldo honradamente. ¿Por qué no se puede hacer?

Pero es que Esperanza Aguirre irá más allá y hará una cosa que hace tiempo propugnábamos hace tiempo: reducir los tiempos en la concesión de licencias administrativas para abrir negocios. Se dará una licencia temporal de dos años mientras el emprendedor tramita todos los permisos. De esta forma en poco tiempo tendrá su negocio funcionando, evitando gastos innecesarios (mientras no se abre, se sigue pagando alquiler, sueldos en su caso, etc. y sin ingresos que lo compensen) y creando actividad económica de forma inmediata.

Desde luego, es un soplo de aire fresco dentro de tanto burocratismo absurdo. Enhorabuena a Madrid por ello!

jueves, 6 de octubre de 2011

ZP, ¿quien te ha visto y quien te ve?

Los cambios que se pueden producir en el ser humano son ciertamente sorprendentes. Sobre todo cuando uno pasa de un estado de adolescencia a una cierta madurez. Cuando uno deja de creer en los Reyes Magos y en que los niños vienen de París, pues comienza a hacer cosas sensatas. Eso le ha pasado a Rodríguez Zapatero: ha descubierto que no se puede gastar sin medida y control, que si insultas a una de las grandes potencias mundiales, eso te pasa factura. Lástima que hayamos perdido siete años y medio en ese trayecto vital de nuestro presidente. Aunque seguimos rodeados de adolescentes espirituales: ahí están los del 15-M y su lema: lo queremos todo y lo queremos ahora. Encantador espíritu adolescente.

Zapatero ha pasado de esto


a esto:

¿Debe dimitir José Blanco?

Recuerdo que esto mismo nos preguntábamos en el caso de Camps o de Bárcenas cuando hacíamos referencia al Caso Gürtel. Y la respuesta era sencilla: 'sí, deben dimitir'. ¿Por qué son culpables? No, es porque la política (que es la gestión de los asuntos públicos) debe estar dirigida por personas de conducta intachable. SI existe la más mínima duda razonable sobre su comportamiento, debe abandonar temporalmente las responsabilidades públicas, defenderse como cualquier ciudadano sin la protección del cargo y si resulta inocente, volver con nuevos bríos e incluso mayor prestigio, ya que su inocencia ha sido probada tras una investigación judicial. Pero aferrarse al cargo para que a uno le juzgue un tribunal con una alta carga política en su composición (¡qué eufemismo!) no parece que vaya con esa alta responsabilidad política. El aforamiento es una figura que se pensó para algo muy distinto de para lo que lo emplean los políticos hoy. La idea era evitar que fueran juzgados por delitos de opinión o que el monarca los mandara a la justicia por cualquier cuestión. Así, ante eso solamente el Tribunal Supremo con autorización de la cámara correspondiente podía procesarlos. Se trataba de evitar la arbitrariedad del rey absoluto de turno. Pero hoy eso tiene poco sentido.

Y ahora vayamos a los hechos por los que creemos que debe dimitir José Blanco, ministro de Fomento y ministro portavoz del Gobierno de España. Hay un empresario gallego, Jorge Dorribo, que en el trascurso de una investigación es detenido por la manipulación de facturas en ciertas subvenciones recibidas por su empresa. A partir de esa madeja, el juez descubre que hay pagos ilegales, dinero del que no se conoce el destino, etc. Este señor después de meses en prisión, decide que él solito no se come el marrón y va a contar que, como buen empresario corruto, tocó todas las teclas para garantizarse que ganaba la subvención: sobornó a un diputado del PP (Covián), un consejero del BNG (F. Blanco) y a un dirigente socialista (José Blanco). Los dos primeros, tras las acusaciones y el hecho de que la juez esté tramitando el paso de esa parte del sumario al Tribunal Superior de Galicia (al que corresponde enjuiciar a los aforados de un parlamento regional), dimitieron de sus cargos para defenderse como un ciudadano normal de acusaciones tan graves. Pero el señor Blanco no, don José no cree que deba abandonar el alto cargo que ocupa. El primer día dijo negar que conociera 'mucho' al tal Dorribo, pero el diario El Mundo vino a desmontarle la coartada: Blanco recogió a Dorribo en una gasolinera y se reunieron en el coche oficial. Esa parte la acepta Blanco.Blanco niega que le dijera aquello de 'Si te portas bien conmigo, yo me portaré bien contigo', versión galaica del 'si tú rascas mi espalda, yo rasco la tuya', y que no hizo ninguna de las gestiones que le pidió el empresario lucense. Pero el caso es que las empresas de Dorribo se vieron beneficiadas directamente de unas subvenciones y de apertura del plan de los 'monodosis' en las farmacias, del que Dorribo es uno de los grandes productores. ¿Fue por las gestiones de Blanco ante sus compañeros de Gabinete (Pajín mediante)? Pues él lo niega, y podemos creerle, pero desde luego no parece muy serio que digamos que el ministro de un gobierno de España se reúna en una gasolinera apartada con un empresario (¿no puede hacerlo en el despacho como otros empresarios acuden?), que ese empresario sea después acusado de las más diversas tropelías fiscales.

Por lo mismo que Bárcenas (declarado ahora inocente por los jueces, ¿dónde está ahora el PSOE para disculparse? ¿En una gasolinera tal vez?) y Camps debían dimitir, debe hacerlo hoy Blanco. Espero que sea inocente, que de ahí salga sin mancha porque sería muy triste y muy malo para la credibilidad de España que todo un ministro de Fomento (el que se encarga de las Obras Públicas) se dedicara a cobrar comisiones a los empresarios. ¿Quién querría invertir en un país que se asemeja más a Venezuela o Ecuador que a Alemania? Pero Blanco no debe seguir ni un minuto más en su cargo. Por él y por España.